Obispo de Caacupé cuestiona deterioro del diálogo y crecimiento de la agresividad verbal
La violencia cotidiana expresada en gritos, críticas y resentimientos acumulados, fue señalada como una de las principales amenazas para la convivencia social, por el obispo de la Diócesis de Caacupé, Ricardo Valenzuela, durante su homilía, que abordó un mensaje sobre el deterioro del diálogo en las familias y comunidades.
“Las palabras pueden matar”, afirmó el prelado, al advertir que la violencia no se limita a hechos físicos. “No solo se daña cuando se atenta contra la vida, también cuando se derrama el veneno de la ira, la rabia y la calumnia”, sostuvo.
Valenzuela cuestionó la naturalización del chisme y la crítica destructiva, prácticas que —según dijo— erosionan la confianza y rompen vínculos.
El obispo puso el foco en situaciones concretas que reflejan el clima de tensión social. “¿Cuántos vecinos ya no pueden hablarse?, ¿Cuántos miembros de una familia viven con la amargura de no poder reconciliarse? Padres con hijos, hermanos, entre hermanos”, planteó, describiendo un escenario de fragmentación que va más allá del ámbito religioso.
También advirtió sobre el deterioro del intercambio público y privado. “Hoy cada vez va en aumento el diálogo a los gritos”, lamentó, al tiempo de recordar que “una respuesta blanda calma la ira; una palabra áspera enciende la cólera”, como principio básico de convivencia.
En otro momento, señaló que el cumplimiento formal de normas no es suficiente si no se transforma la actitud interior.
“Lo que brota del corazón es lo que construye o destruye la sociedad”, indicó, llamando a superar el orgullo, la mentira y la envidia como motores de conflicto.
El obispo insistió en que la reconciliación no es un gesto simbólico, sino una necesidad urgente para la paz social.
Finalmente, exhortó a canalizar la agresividad en acciones constructivas. “Construyamos, porque lo que estamos haciendo es destruirnos unos a otros”, expresó, invitando a transformar la energía negativa en compromiso por una convivencia más justa y fraterna.
El mensaje dejó instalado una advertencia clara: la paz social no depende solo de leyes o instituciones, sino de la manera en que cada persona utiliza sus palabras y enfrenta los conflictos cotidianos.
